13 enero 2017

Gestión | Un equipo nunca es una suma de egos

Por Angélica Pereyra

La gestión de una organización incluye muchos desafíos para los profesionales que están formados en diversas disciplinas, y algunos para los que no existe preparación académica suficiente. Me refiero a la relación con los otros, que no está en los planes de la educación formal. La mayoría de los gerentes y jefes actuales han llegado a sus puestos sabiendo poco y nada sobre cómo tratar a las personas en su individualidad, y tampoco tienen experiencia previa, aunque sea teórica, en la gestión de equipos y liderazgo. 

Una de las dificultades que las relaciones humanas plantea en cualquier organización es la referida al ego. La Real Academia Española, en un modo coloquial, señala que el ego representa un exceso de autoestima, por lo tanto es un tema importante en las sutiles interacciones de los equipos de trabajo.
La autoestima es necesaria para todos, imprescindible para sobrevivir ante estímulos tan cambiantes en la vida en sociedad. Ser fuerte desde la autoestima es necesario, es deseable y es salvador en diversas circunstancias. 

Pero cuando en resguardo del ego propio, se desafía, se relativiza y no se le da valor real al otro, cuando no se percibe su existencia, las cosas cambian y a poco de eso vamos rápidamente a una situación de espejo, donde hay un ego grande pronto habrá dos. Y la situación se hará cada vez más compleja si en vez de un equipo, estamos en medio de un grupo de egos desaforados.

Pep Guardiola el ex DT del Barcelona aseguraba una y otra vez "No todos los jugadores deben ser tratados de la misma manera". Si todos en el equipo fueran iguales y nadie se destacara por ninguna característica de su personalidad, no solo sería muy aburrido el trabajo, sino que posiblemente sería muy poco productiva la operación. Los desafíos vienen cuando hay que poner orden, generar empatía, y obtener logros en la diversidad. El ego sobresaliente interrumpe, descompone, aborta las mejores intenciones y planes de los equipos. 


Tim Duncan
"El egoísta suele ser altanero, vanidoso y presuntuoso. Sus aduladores no advierten que, tanto elogio, tiene un efecto negativo en otros. Los mejores amigos dudan en decirle a la superestrella que se ha convertido en un arrogante. Y los que critican lo hacen por envidia. Pocas interacciones son tan molestas, exasperantes y desagradables como aquellas con personas que, percibimos, están comportándose de modo egoísta". El texto académico fue escrito en 1995 por el profesor Mark Leary. La investigación estuvo a cargo de tres estudiantes de psicología de la Universidad de Wake Forest, en Carolina del Norte. No eran tiempos de Internet y los jóvenes pasaron largas jornadas revisando libros en bibliotecas oscuras. Uno de ellos, Tim Duncan, fue homenajeado hace unos domingos como uno de los jugadores más exitosos y admirados en la historia moderna del deporte de Estados Unidos. Cinco veces campeón y mejor ala pivote de siempre de la NBA, Duncan también puso su firma en aquel texto de 1995. Lo tituló "Fanfarrones, snobs y narcisistas: reacciones interpersonales al ego excesivo"*.

Un equipo nunca es una suma de egos. Pero eso no quiere decir que no haya alguno. Siempre los hay, y hay que saber colaborar con ellos.  Los equipos requieren de un trabajo detallista en el conjunto, y además un trabajo particular con las figuras. Puede haber independencia pero no soledad. Hay que saber cómo integrarlos a unos y otros, esa es la habilidad del líder.


* Párrafo del texto de Ezequiel Fernández Moores "Tim Duncan, el psicólogo que estudió sobre el ego excesivo"